Esta historia no está "correlativa", es decir, este es un capítulo nada más que narra parte del despertar de Arkhanna, la Mujer-Demonio-Serpiente pre-sumeria que yacía en forma de piedra durante milenios, y que a un periodista obsesivo con la historia y los misterios babilónicos le dio por despertar... Va más que nada para exponer el estilo narrativo.
"CON LOS OJOS DEL PASADO"
Un flujo de imágenes formando torbellinos de recuerdos se agrupaban en su mente. Podía escuchar voces, gritos, cantos, lamentos de todo tipo en cientos de idiomas diferentes. Un rugido del cielo, un bramido del mar… Agua! Sintió la fría y salina oscuridad del agua, un fondo arenoso que prometía asilo centenario; la conciencia despierta, la mirada perdida en el azul profundo, criaturas que divagaban en busca de alimento, que se le pegaban convirtiéndola en su hogar.
Manos… tirones, cuerdas… La superficie se tornaba más clara a cada instante, hasta que de pronto lo sintió de nuevo, sin recordar cuándo había sido la última vez… el viento.
Barcos, voces, hombres, una caja… vacíos en su memoria que no se esforzaría en rellenar. Hombres de blanco, negro y escarlata, más cantos, cantos, cánticos que se confundian con una salmodia incesante que no se detenía ni mutaba, y esas palabras se fusionaron con la voz, esa voz.
Sintió frío, su estómago se recogió al momento que sus pulmones se llenaban nuevamente de aire, aromas nuevos, aromas de perfume y sudor, incienso y mirra, encierro y libertad. Apoyó las manos en el suelo para no caer de bruces. No sabe cuánto tiempo pasó en esa posición, tratando de distinguir los arabescos del suelo que contemplaba, entonces cerró los ojos y los volvió a abrir, voluntariamente, quería recordar ese movimiento de sus párpados que tanto gustaba a Nyoghot… Nyoghot!!! donde estaba él ahora??? quién era… aquel que… Nyoghot???
Apenas recordando la forma de su cuerpo, lentamente levantó los ojos hacia aquella voz de imparables conjuros, y fue entonces que lo vio. Un hombre, como aquellos de la especie que tanto amó, por los que su Madre Ninkhursag había descendido y su Padre Enki había enfrentado al majestuoso Enlil. Un hombre frente a ella, como hace miles de años atrás. Era hermoso, sus formas eran casi perfectas, tal como ellos lo habían deseado en el momento de su creación. Su creación!!! Quiénes habían estado presentes???… Nyoghot con su voz… ahora comprendía el recuerdo incesante de su compañero de entre los Siete Yaldabath. Su voz tenía la resonancia de la voz de Nyoghot, el que cantaba para ella baladas sobre la vida de más allá del círculo celeste, el que mantenía la memoria de la ciudad del cielo, donde alguna vez Enki llevó a los vástagos de su pensamiento para estudiar la antigua ciencia de los saurianos.
Pasaron largos minutos, quizás horas, y ambos inmóviles en esa posición contemplativa mutua, hasta que un dolor comenzó a hacer presa de su alargado cuerpo, y entonces recordó su forma. Miró hacia sus extremidades y vio la larga cola de serpiente que intentaba estirarse de manera espontánea. No supo por qué razón, ni qué lo motivaba, pero Arkhanna de pronto fue poseída por un miedo que no había sentido jamás, ni siquiera cuando las huestes de Enlil se acercaban para darles un destino terrible a ella y sus hermanos de raza. El miedo era intenso, al punto de provocar un fuerte dolor en su pecho. Miró por donde podía huir, no había salida, muros, cuadros, frascos con extraños líquidos, y el terror continuaba reptando dentro de ella hasta carcomer su alma.
Arkhanna se replegó hacia si misma, y con su cola formó un improvisado escudo. El hombre continuaba mirándola, con pavor y compasión, pero ella no quería ser observada más, le temía, no sabía por qué, sólo sabía que él no era Nyoghot, y que por un inmenso poder, la maldición de piedra de Enlil había sido rota… de donde provenía ese poder majestuoso que desafiaba la voluntad de los dioses?
Arkhanna se mantenía enrollada en sí misma presa de un indescriptible miedo. Nada cambió demasiado cuando recibió una suerte de “sentimientos-ideas” provenientes del ahora silencioso hombre frente a ella. Arkhanna continuó sin moverse de su defensiva posición, como fiera herida a punto de lanzarse al menor indicio de ataque.
No supo si pasaron horas o días. Su concepto del tiempo era distinto al actual, y en aquella oscura habitación, sólo podía distinguir que unas luces se filtraban permanentemente, sin saber que en ocasiones era la luz del sol, y en otros momentos eran las luces de la ciudad.
Así, con aquel hombre petrificado de terror y cansancio, pasó incontables momentos. Su mente poco a poco comenzó a despertar del todo, de un sueño de piedra conciente milenario, agotada por la quietud, la incertidumbre, las emociones contenidas, el dolor silencioso que su boca pétrea no podía transmitir. Recordó a sus hermanos de raza, a todos y cada uno de los que nacieron a su lado. Recordó a sus Padres Divinos, los planes, el encargo, Enlil, el caprichoso e iracundo dios. Recordó la sensación invasiva de la que no podía escapar, mientras sus miembros se paralizaban como si en mármol frío los estuviera devorando. Por fuera, una estatua, una reliquia de un mundo olvidado, por dentro, un cerebro palpitante, vivo, consciente de todo lo que sucedía a su alrededor. (Mi humilde homenaje a H.P.Lovecraft, el maestro del Horror Cósmico)
Recordó la gran inundación, y los miles de años de vida submarina. Recordó el barco que la encontró junto a otras antiguedades sumergidas cerca del Golfo Pérsico. Los museos, los rostros de los hombres y mujeres que con repulsión la observaban como una “antigua imagen de una mujer demonio-serpiente, seguramente adorada por cultos oscuros de inmemoriales tiempos”. Su cola, sentían repulsión de su cola, y de su peinado que simulaba serpientes pequeñas.
Recordó el encierro en aquellos inmensos salones llenos de arcanos objetos, símbolos, ídolos, libros, cofres, huesos, cuerpos momificados, pequeños sepulcros que ocultaban lo que “el mundo no debe saber”. Rostros que elevaban plegarias a una deidad desconocida para ella cada vez que sus ojos se posaban en su mirada congelada por los milenios de inmovilidad. Y luego, oscuridad, largas oscuridades, en silencio, con la vista perdida en la noche eterna de aquellos muros sin luz.
Arkhanna recordó en un tiempo que no pudo determinar lo que había sido su existencia desde que vio el rostro hermoso de Madre Ninkhursag junto a sus tres hermanas de raza, y cariñosamente enroscó su cuerpo en su mano, imaginando que era la de aquella Diosa de la Fertilidad y la Creación. Ahi se encontraba ahora, en una buhardilla desconocida, en una época incalculable y nueva, en donde un hombre como cualquiera de los de la raza que tanto amó, enfrentó la voluntad de los dioses antiguos y se impuso al mismísimo Enlil.
Arkhanna comenzó a mirar a ese hombre cuyo nombre desconocía que yacía frente a ella. Miró sus formas, su rostro demacrado por el esfuerzo, su cuerpo herido por los cortes hechos en la desesperación de no lograr el cometido, recordó su voz… esa voz… tan parecida a la voz de Nyoghot!!!
Miles de años y no había olvidado la profunda y seductora voz siseante de Nyoghot. Una ternura inmensa comenzó a embargar su corazón, sus ojos se llenaron de lágrimas, no de dolor, no de pena, sino de compasión y ansias de protección sobre otro que yace en desgracia.
Movió su cuerpo desenrollándose de su postura defensiva, pues comprendió entonces que no había nada que temer. Se irgió como una cobra y comenzó a avanzar hacia ese cuerpo desmayado, reptando, lentamente, como solía moverse hace milenios.
Se detuvo justo frente a su rostro. Era hermoso, de edad incalculable, su piel era tersa y de un color vivo, a pesar de la fatiga.
Arkhanna tomó aquel rostro varonil entre sus manos frías, evitando que sus uñas lastimaran aquella ahora frágil piel. Entre sus manos lo contemplo, y un suave beso se deslizó desde sus labios para dejarse caer en la frente rígida del iluso periodista. Con ternura sonrió al ver que un pequeño movimiento se produjo en sus ojos cerrados; enroscóse en torno a él, y acariciando su cabello oscuro se recostó a su lado, por un instante que el tiempo no pudo medir…
—
Para alguien muy especial, dejo acá las letras de un par de temas de esta tremenda banda que, para desdicha de este mundo desgraciado, se disolvieron en el 2003. Se trata de Ordo Funebris.
Los Temas acá son "Maellus Malleficarum" y "Lycanthia". El enlace para descargar los temas va por private, sorry.
"MAELLUS MALLEFICARUM"
Llega el holocausto,
surge de las sombras
coged los crucifijos,
comenzad a rezar..
Se acercan los Santos,
con sus largos hábitos
son los enviados divinos de Satán...
Piras funerarias rodean los campos
la suerte ya esta echada,
nos vienen a matar
Brujas y Hechiceros,
contengan sus cantos
cruel muerte en forma de bondad....
Oh!! Mi dolor...victima ...de tu divina sonrisa...
Oh!! Me quemo....y donde esta mi dios?
Oh!!! Donde esta mi dios!!!
Pues reza por mi!
Y despues..por ti!
Por que bajo las tinieblas te esperaré....
para quemarnos juntos..y sentir este divino placer...
sino de entre los muertos..volvere!
Y vendré por ti....yo...vendré por ti..
Mi alma atormentada, mi cuerpo hecho cenizas
contemplo levitando la tragedia infernal
Aullan, los lobos, con piel de cordero
Profetas de Dios,
cantandole a la muerte....
"LYCANTHIA"
(este tema en particular lo siento medio autobiográfico...)
Cuando la noche cae para reinar
la luna comienza a brillar.
Las voces del bosque gritan sin cesar
no escuches al mal infernal.
Ancestros hechizos en trance dejarán
y en hada te convertirás.
Lycanthia es tu nombre se escucha tu aullar
siembras terror al pasar...
Sol! Dale paz!
Manchada de sangre va a la Luna a llorar
Sol! Dale Paz!
Sus ojos hambrientos ansían deborar
Líberala! del mal!
Triste Lycanthia mira hacia el Sol
el tiempo transita veloz.
Su alma consciente desea no derramar
mas sangre de seres sin mas.
Cae la Luna, la bestia va a salir,
Lycanthia dispuesta a morir.
Clava una daga en su propio corazón,
rompiendo la maldición.
Sol! mirala!
Dando lugar a este triste final...
Sol! mirala!
Sus ojos cerrados en la eternidad..
Líberala! del mal!

Por qué hoy pienso en escribirte
mi adorada Soledad?
Si naces de mis entrañas y te expandes por mi cuerpo.
Soledad que moras en mi alma
cómo hablarte sin desesperar?
Y ahí yacía el puñado de libros esperando ser leídos,
y aquellas historias que no lograron ver final.
Llega un sueño, un anhelo, una esperanza...
Qué harás ahora, celosa soledad?
Reclamas mi compañía, mi eterna lealtad,
y qué hago yo si años atrás te robaste mi voluntad?
Es a tu fría compañía a la que quiero y no puedo renunciar.
Obsesión de los pesares, llamarada de Beltaine,
me despiertas de mis sueños y me llenas de nostálgica frialdad.
Mientras tanto aquellos sueños que la nieve permitió emerger del glacial,
se consumen en la hoguera de un sol que no alumbra por igual.
La Luna y su trémula luz me termina por despertar.
Y tú, Soledad verdadera, mi única realidad,
sólo escucha mis palabras, mi plegaria, mis ruegos,
ya no me permitas sangrar...
***

Tedioso carmín oscuro que por mis piernas escurrres,
corriente tibia de promesas infértiles,
ofrenda de vida ciega, innerte ya frente al olvido,
Misterio rojo de profundos pesares.
Las olas se burlan de mi vientre seco,
Bañando mis pies con grotesco frenesí.
A mis pies llegas, rojo y mortecino
Fluir insensato de mis entrañas sin vida.
Ofrece ahora tu tributo de muerte,
Al mar, donde la vida nació.
Ofrece apenas tu desdicha,
pues tu paso por mi cuerpo
No dejó mas fruto que el dolor.

Publicado originalmente en "Red Miskatónica".
- Inspirado en "El Horror de Dunwich", H.P. Lovecraft -
El ruido incesante proveniente de aquellas infernales aves lo hizo estremecer. La noche se cerraba perpetua sobre el abismo que había escogido como escondite, y un viento gélido plagado de aromas extraños perturbaba su mente. Aún aturdido por los últimos y terribles acontecimientos que habían trastornado para siempre su tranquilidad, intentó cerrar los ojos y descansar mientras le fuera posible, quizás así podría ordenar sus ideas y recobrar fuerzas para enfrentar el incierto futuro que se desplegaba ante él. Pero estaba aterrado. Era apenas un niño de escasos años, y se encontraba sólo, perdido en un mundo que no le pertenecía. Aunque intentaba por todos sus medios controlarse, el miedo lo invadía y lo sumergía en un laberinto de pesadillas y horror. Nunca en su vida había sentido tanta desolación.
A pesar del frío imperante que lo atravesaba por completo, el cansancio provocado por la confusión de las últimas horas no tardó en vencerlo. Por fortuna, dentro de su terrible situación, el mundo onírico en el que siempre se había refugiado no lo abandonó, y no obstante el miedo y la angustia que sentía, sus sueños estuvieron plagados de alegría y recuerdos familiares. Su madre, la del blanco cabello, junto a él, sonriéndole; su hermano mellizo, su gran compañero, hablándole hasta el amanecer de insondables secretos y un futuro portentoso; su abuelo, un hombre duro y tosco, que sin embargo se empeñó toda su vida en entregarle a él y a su hermano, ese antiguo conocimiento que les permitiría un día imponerse ante el mundo. El olor inconfundible de su hogar infantil inundaba todas las visiones en aquella irrealidad de proyecciones mentales y recuerdos felices. Sin duda no hubiera querido despertar jamás de aquel idílico refugio inexistente, pero los ruidos de esas espantosas aves que chillaban sobre él, terminaron por arrebatarle el último instante de paz al que infructuosamente se aferraba.
A pesar de que las aves emitían unos graznidos horrorosos, gracias a su fino oído pudo, sin embargo, distinguir un sonido que congeló su alma: eran pasos. Pero aquellos pasos no eran terribles en sí, pues se trataba solamente de pisadas de hombres que avanzaban cerca de la colina. Fue aquel presentimiento, un instinto heredado de lo incomprensible, lo que le alertó sobre el peligro que esto significaba en ese instante, en su situación. Como pudo se desplazó hacia la boca de la abertura que conectaba su profundo escondite con las verdes laderas de la colina; una vez allí, sólo pensó en huir y buscar auxilio.
Aquellos hombres aún se encontraban a una distancia importante de él. Rápidamente subió a la cima de la colina, hacia la antigua piedra donde, según le había dicho su abuelo, podría recibir toda la ayuda necesaria, si alguna vez se encontraba en peligro.
Pero los hombres que representaban una amenaza para él, ya subían por la pendiente de la colina, avanzando a pasos agigantados. El nerviosismo impedía que pudiera concentrarse en pedir socorro para él, y constantemente debía dirigir sus miradas hacia la ladera por donde el horror ascendía implacable.
Los hombres finalmente lo alcanzaron. Eran tres, y avanzaban con cierto temor hacia donde estaba él. Sin entender muy bien cómo, sabía que ellos habían ido a matarlo. A pesar de ser un niño aún, logro vencer todos sus temores, y con infantil desatino, arremetió contra ellos, enfrentándolos. Al notar su presencia, uno de los hombres lanzó algo extraño contra el barroso y resbaladizo suelo; esa cosa, al contacto con el suelo, explotó y se diseminó por todo el entorno. Fue infernal. Instantáneamente una nube polvorienta y urticante lo envolvió, atrapándolo en una abominable pesadilla espanto. Apenas era capaz de tolerar el dolor que aquel maldito polvo le provocaba en su delicada piel. Sólo quiso salir de ahí, huir.
Su sufrimiento, sin embargo, parecía haber enardecido a sus despiadados atacantes, quienes sin darle tregua, comenzaron a recitar una salmodia incesante de palabras que laceraban su ser. Sentía que las fuerzas lo abandonaban por completo, que se derrumbaba sobre sí mismo, sucumbiendo ante esa danza de horrores abismales y blasfemos que atormentaban su alma. Los asesinos parecían gozar de su tortura.
El cielo de pronto se oscureció; un vórtice de viento denso y oscuro comenzó a abrirse sobre él, mientras los tres hombres, alzando los brazos, continuaban aquel derroche de palabras incesantes y recurrentes, una y otra vez, con sádico desdén. A cada momento sus voces se elevaban más, más alto, con más fuerza, ya casi gritaban, sin dejar de repetir esas demoníacas frases que lo quemaban vivo.
El cielo tomó un color tenebroso, a veces negro, a veces violeta. Un relámpago que salió desde el vórtice espectral que se cernía sobre el lugar, hizo que las bandadas de esas malditas aves reventaran en gritos y aullidos demoníacos. Mientras él intentaba recobrarse de la criminal embestida de los hombres, un nuevo relámpago, aún más impresionante que el otro, se dejó caer sobre la piedra que le había servido de esperanza por algunos instantes, y un vapor brumoso y fétido invadió toda la cima del pequeño monte. Desesperado y asustado, abrió la boca y dejó escapar un escalofriante grito de miedo y dolor.
Sus verdugos, no obstante lo pavoroso de la situación, no detuvieron sus cánticos y conjuros tenebrosos. Con aun más fuerzas que antes repetían su insana salmodia, y agitaban los brazos con renovado e infernal frenesí. No se detuvieron ni siquiera cuando el terror se instaló en sus rostros al escuchar unas abominables palabras, provenientes de una indescriptible voz, que retumbó como un trueno en medio de aquel vórtice de las tinieblas.
El, sin embargo, ya no tenía fuerzas para resistir más. Si. Aquellos criminales finalmente triunfarían, y sin importar si era un niño aún, sus cortos años serían mutilados y esparcidos por aquella verde colina, la misma que tanto había amado su familia. Familia, qué lejos sonaba todo aquello ahora. Años atrás su madre había fallecido. Luego su abuelo… ¿Dónde había ido su hermano, su gran compañero? Salió un día, y no regresó jamás. Pero ya nunca lo sabría. Ahora la vida se le iba en manos de esos hombres, sus asesinos, sin que ya nadie pudiera hacer algo por salvarle. Elevó sus ojos hacia las violáceas tinieblas que emergían desde aquel extraño vórtice, y con un último aliento de vida, lanzó un último y desesperado grito de auxilio, apenas instantes antes de que su infantil existencia se perdiera tras un estallido de caos abismal:
"Eh-ya-ya-ya-yahaah-e'yayayayaaaa... ngh'aaaaa... ngh'aa h'yuh... ¡SOCORRO! ¡SOCORRO!... pp-pp-pp-¡PADRE! ¡PADRE! ¡YOG-SOTHOTH!"
***
Helena
Llamamos horrores a todas aquellas cosas que consideramos bestiales, sólo por obedecer a su propia naturaleza, una naturaleza que no comprendemos ni alcanzamos a vislumbrar. ¿Son acaso culpables de seguir sus propias leyes?
“Los Reptiles verdaderamente descendieron. La tierra está resplandeciente como jardín bien regado. En aquella época Enki y Eridu no aparecían,
- Fragmento extraído de una antigua tablilla sumeria-
"Enlil lo ha descubierto todo, y tan grande es ahora su cólera, que arrasa montañas y consume los valles. Ha sentenciado la muerte para nosotros, los Siete Siervos de Enki y Ninkhursag.
¡An!, ¡Oh, poderoso An! Contemplad con piedad a quienes llevamos vuestra sangre. Concededme en nombre de las antiguas razas el tiempo necesario para grabar en esta tablilla que tiembla en mis manos quienes somos, y porqué, en este amanecer nefasto, Enlil nos ha vuelto la espalda.
Nos llaman los Yaldabath, y esta es nuestra historia:
Desde Urusagnna descendieron los Anunnaki, cuando el mundo era aún joven y los vapores ardientes azotaban la superficie de
Enlil era el mayor de los Hijos de An; Enki y Ninkhursag sus hermanos menores en tiempo, pero no en presencia y sabiduría. Mas Enlil era diestro en las artes de la guerra, y supo hacer valer su condición de primogénito ante sus hermanos de Padre. Grande era el sueño de Enlil, de construir ciudades para los Anunnaki y para el orgulloso pueblo sauriano, y grande era su deseo de contar con criaturas para su goce y satisfacción, pues los saurianos no nacieron para ser esclavos, y en la tierra ya existían singulares seres casi bípedos, que podían cumplir esta labor. A los ojos de Enlil no eran más que bestias de carga; torpes y lerdas se equivocaban a menudo, si no eran bien entrenados. Mas el Grande no toleraba errores, por lo que pronto, muy pronto deseó dotar a estos seres de cierto grado de inteligencia.
Enki y Ninkhursag fueron los encargados de la creación de nuevas criaturas, y a su misión se dedicaron por miles de años, pero tan grande era la exigencia del Majestuoso, que al tiempo descubrieron que no podrían solos con el encargo. Y así fuimos concebidos los Siete Yaldabath, cuatro vástagos del pensamiento de Enki y tres de Ninkhursag. Eramos sus hijos en cuerpo y sangre, pues éramos parte viva de ambos y formábamos uno a la vez. Dotados éstabamos de la gran longevidad de los Anunnaki y la capacidad intelectual de los saurianos. Poco se sabía de las criaturas que moraban en este mundo en aquellas edades antiguas, por lo que nuestra forma se asemejaba en parte a los reptiles de antaño y en parte a los mamíferos bípedos. Padre Enki y Madre Ninkhursag nos enseñaron el arte de la vida y la muerte, y por siglos vivimos en armonía junto a los dioses del cielo y la tierra, reptando a su lado y cantando leyendas olvidadas.
Incontables edades pasaron mientras nos ocupábamos de complacer a nuestros Padre y Madre, y a los deseos de nuestro señor Enlil. Fue así como la vida comenzó a tomar forma en nuestras manos, siempre vigilados y observados por Enki y Ninkhursag.
De la gran mente sauriana nos valimos para crear primero a los Lulu, seres híbridos nacidos de la cruza de ciertos mamíferos con seres de la raza estelar esclavizados. Las criaturas originales eran menos voluntariosas e independientes, pero a la vez inteligentes a su modo, y fáciles de someter por el miedo. Los Lulu eran capaces de asumir el control de la carga y el trabajo pesado, obedecían órdenes rápido, y se les encargó la construcción de ciudades y templos donde los Ilú moraron y se complacieron.
Enlil estaba satisfecho y su poder era infinito, mas Enki y Ninkhursag se sentían agobiados por la labor encomendada. Mientras Enlil, Señor de Señores crecía en dominios y autoridad, ambos, los hermanos menores debían permanentemente dedicarse a la tarea de formar a los Lulu, pues éstos no podían engendrar vida propia.
Así fue como el encargo de Enlil fue sobrepasado. Miles de años después de la creación de los Lulu, Enki se rehusó a seguir perdiendo más poder ante su hermano, y Ninkhursag quería a toda costa que nuevas razas poblaran
Acordaron entonces dotar a los Lulu de capacidad reproductora, tal como los otros mamíferos. De la cruza entre Lulu y los bípedos salvajes en estado evolutivo nació una criatura sorprendente, pensante, decidida, autoreproductora de su especie, con voluntad propia, que no estaba dispuesta a someterse tan fácilmente a los caprichos de Enlil. Así nació el Hombre que Piensa.
Enlil entró en cólera al ver a esta nueva y voluntariosa raza que no era fácil de someter, y su odio creció aún más al saber que Enki y Ninkhursag, complacidos con las nuevas e independientes criaturas, ávidas de aprendizaje, les comenzaban a develar los secretos del conocimiento infinito. Nuestra fue la labor de enseñar y educar a los Hombres en la vida y la muerte, en el bien y el mal, en la paz y en la guerra. Así nos acercábamos a ellos, reptando a su lado, y cantando para ellos las antiguas historias del universo. Pero para Enlil los Hombres no debían ser más que esclavos, criaturas a su servicio, a quienes despreció desde el momento que conoció de su existencia. Ordenó entonces, a pesar de los ruegos de Ninkhursag, nuestro exilio. Así fuimos expulsados de la tierra de E-Din, junto a los hombres que a nuestro lado moraban en paz, y partimos, caminando unos, reptando otros.
Los Siete Yaldabath buscamos refugio en Eridu, fortaleza de Enki, donde pronto los Hombres construyeron aldeas para habitar, y un templo para alabar a Enki, el Gran Padre. Pero Enlil no calmó su enojo con nuestra partida, y nuestra Gran Madre, su hermana Ninkhursag, fue degradada al más bajo rango;
Mas la ira de Enlil no encontró paz, y mientras su sabiduría decrecía, su orgullo aumentaba su furia, y así, movido por el odio y el deseo de castigo y sangre, sentenció a muerte a la nueva raza, y fue entonces que Enki, por primera vez, enfrentó a su hermano, por amor al Hombre, y le venció.
Y nosotros... nosotros continuábamos habitando en Eridu. Fue así como vimos que el Hombre creció en número y poder, hasta fundar reinos y ciudades. A-lulim se llamó el primer Rey de Eridu, y gobernó durante 8 saroi (N. del T.: 28.800 años). Pero la muerte siempre alcanzaba a los Hombres, y nuestro instinto sauriano original nos decía que no estaba lejos el día en que nosotros, los Yaldabath, también dejaríamos nuestros cuerpos. Fue así como comenzamos a envidiar la inmortalidad de los Anunnaki, pues aunque Inanna descendió a los Abismos impenetrables, pudo resurgir desde las profundidades y continuar viviendo.
Nos dedicamos entonces por miles de años a buscar la ansiada inmortalidad, para nosotros y para el Hombre, que tantas cosas bellas hacía y, sin embargo, no podía vivir para gozarlas por siempre. Continuamos experimentando cómo se podía dominar el alma, atarla al cuerpo y evitar su deterioro.
Fue así como fue concebida la primera criatura inmortal, aquella que jamás debió abrir los ojos en este mundo.
Su concepción fue lograda gracias a..."
------------------------------------------------------------
En ese punto termina la antigua inscripción de la vieja tablilla. Lamentablemente, la narración está inconclusa, quizás nunca descubramos cuál era aquella primera criatura inmortal que mencionaba
Quizás la respuesta a esta historia no terminada podamos encontrarla en una antigua leyenda sumerio-babilónica, la que narra cómo Enlil castigó a los Siete Yaldabath por haber creado aquella abominación, y por ambicionar la inmortalidad, privilegio de los dioses. Se presume que una antiquísima tablilla encontrada en una excavación cerca del Golfo Pérsico se refiere a esta leyenda, y que estas palabras serían las que habría pronunciado Enlil hacia los Siete. Se le conoce como la “Maldición de Piedra”, este es el texto:
“Mis hermanos han fallado, pero son legítimos Hijos de An, y ante él comparecerán cuando sea su momento. Pero vosotros, ¿qué sois vosotros a mis ojos, sino bestias rastreras de larga vida y sabiduría regalada? ¡No sois más que viles Serpientes, que exhiben ahora el rostro del Hombre que tanto aman!
Buscais la inmortalidad, y la tendreis, pero no gracias a mi amor, que os habré de negar, sino a mi odio. Yo, Enlil, Señor de Señores del Cielo y de
Tras la piedra vereis al mundo crecer, y oireis sus cantos, y conocereis sus historias, y así, despiertos e inmóviles, yacereis como estatuas hasta el fin de los días.”
En el siglo XVI, cerca de lo que ahora es el Golfo Pérsico, fue encontrada una valiosa y antiquísima estatua de piedra, que mostraba la curiosa forma de una criatura mitad serpiente, mitad mujer. Se presume fue esculpida en tiempos pre-diluvianos. En su cuello lucía una pequeña tablilla, que luego de años de estudios se determinó era su nombre, Arkhanna, de la ciudad de Eridu. Más abajo se encontraba la palabra Ninkhursagen, que aparentemente indicaría relación con la deidad primigenia Ninkhursag. Esta antigua reliquia del mundo anterior al Diluvio ha sido exhibida en distintos museos durante décadas. Hoy se encuentra conservada en la sección de piezas en clasificación en un museo sudamericano. Lamentablemente no podemos revelar mayores datos, pues la pieza ha sido incluída en una “colección privada” a petición del Arzobispado del país donde se encuentra, luego que en 1847 un monje italiano, erudito en leyendas sumerio-babilónicas enloqueciera al declarar haber descubierto el secreto de la estatua de
***
Inspirado en "Flying Serpents and Dragons" de R.A. BoulayEpitafio
Escritores Malditos
-
Los que caminan en el cieloHace 1 día
-
las vampiras… de Javier TrujilloHace 1 semana
-
Ángel del Más AlláHace 2 semanas
-
Otra mujer podría ser lapidadaHace 4 semanas
-
Trabajo NocturnoHace 8 meses
-
La huídaHace 10 meses
-
-
El adiósHace 1 año.
Desde la Negra Noche
-
Trabajo Nocturno - — ¡Apresúrate! ¡No tenemos toda la noche! El imperativo susurrado flotó un segundo en el aire y despabiló a Andrew, que se había distraído por el hedor de...Hace 8 meses
Disecciones
Pinceles Tenebrosos
Rincones de Culto
Remordimiento Póstumo
de una tumba de mármol negro construida;
y tan sólo tengas por lecho o guarida
una bóveda lluviosa y una profunda fosa.
Cuando oprima la losa tu carne trémula
y tus flancos doblados con encanto tendida,
el latir y el desear a tu pecho le impidan,
y a tus pies huir su carrera azarosa.
La Tumba, confidente de mi sueño infinito,
(porque la Tumba siempre comprenderá al Poeta)
en esas largas noches en las que el sueño está prohibido,
Te dirá: "¿De qué os sirve, indiscreta cortesana,
no haber conocido lo que los Muertos lloran?".
Y el gusano roerá tu carne,
como un Remordimiento...
Charles Baudelaire
Prosa Oscura
- Charles Baudelaire -
Bajo una pálida luz
Corre, danza y se retuerce
La Vida, impura y gritona.
Tan pronto como a los cielos
La gozosa noche asciende
Y todo, hasta el hambre calma,
Ocultando la vergüenza
Se dice el Poeta: «¡Al fin!
Mis vértebras, como mi alma,
Codician dulce reposo;
De fúnebres sueños lleno
La espalda reclinaré
Y rodaré entre tus velos,
¡Oh refrescante tiniebla!
